martes, 20 de marzo de 2012

Dolor.

El dolor de mover sus músculos era insoportable. Jamás había podido imaginar un dolor tan intenso y penetrante. Pero debía hacerlo poco a poco, para poder recuperar la movilidad de su cuerpo. Sú nombre era Richard Gale, de 27 años. Vivía en  Street Wolf, un pequeño pueblo abandonado en la faz de la tierra. Allí donde Dios lo tenía todo olvidado. Era un pueblo rústico. Tenía un gran lago en la montaña donde la gente solía pescar y bañarse, hasta que un día una niña murió ahogada.

No tenía familia. Ni hijos, ni mujer. Nadie. Pero aún así se acordaba de una mujer pelirroja. Siempre la veía en sus sueños. Igual que un chico con cara angelical. No sabía explicarlo pero siempre que se dormía soñaba con ellos dos. Uno a sú izquierda y otro a sú derecha, no entendía que tenían en común ellos dos con él.


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Había acabado su rehabilitación en el hospital muy pronto. Ahora debía irse y buscar ayuda por su cuenta. Ya no le dolía todo el cuerpo como antes, pero aún así el pecho seguían ardiéndole. Salió del taxi a duras penas, el conductor lo ayudó con sú pequeña maleta. Se quedó quieto contemplando la casa. Una casa vieja de madera, que antes había estado pintada de blanco. Las ventanas eran de color verde, o lo poco que quedaba del color. Tenía un porche, y unas escaleras que lo conducían hasta él.

Caminó lenta y pausadamente. Cuando se acercó a las escaleras, puso el pie con cuidado y se impulsó con las muletas. Respiró hondo un par de veces hasta introducir la llave en la cerradura. Cuando abrió la puerta la mezcla entre el olor a casa cerrada y a algo podrido lo sacudió de lleno. Pagó al taxista e introdujó la maleta dentro. Caminó por el largo pasillo, lleno de fotos. En algunhas se reconocía a si mismo, pero la mayoría de la gente no sabía quién era. Giró a la derecha y se encontró el salón. Abrió las ventanas para que el aire corriera. El salón solo disponía de un sofá-cama con unos cojines encima, una mesa redonda y un sillón para él. Tenía una chimenea y una pequeña televisión al lado. Caminó por el pasillo de enfrente y llegó a la cocina. Estaba hecha un asco. Es como si allí viviera un persona deprimida. Había latas de cerveza por todos lados, y la basura se encontraba en una esquina toda junta. Abrió las ventanas de la cocina. Caminó un poco y llegó a la zona de atrás. Aún no estaba preparado para subir arriba. Abrió la puerta y vió un enorme jardin. Había una mesa redonda en medio, un poco más lejos se encontraba una parrilla. También había una amaca vieja. Pero igualmente todo parecía frío y oscuro. Sin vida.

Se sentó en una de las sillas. Cogió el tabaco de su bolsillo y prendió un cigarrillo.

- Al menos no se me ha olvidado como fumar... - Le dió un par de caladas largas e intensas mientras que echaba la cabeza hacia atrás.- ¿Quién diantres era yo?

De pronto escuchó el ladrido de un perro. Abrió los ojos e intentó conocer de donde provenía tal ladrido. "Guau" Se giró y vió una pequeña caseta. Abrió la puerta y de ella salió un perro de mediana estatura, de color marrón y negro. Lo reconoció al instante. Botas, así se llamaba el perro. Botas.

- Ei, Botas... cuánto tiempo. ¿Me has echado de menos? -el perro le lamió las manos y Richard lo acarició durante un rato.- ¿Sabes Botas? No recuerdo nada de mi anterior vida, así que vas a tener que protegerme...

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